Agricultura vertical
El ritmo de crecimiento de la población mundial amenaza con colapsar el sistema de producción de alimentos. Según Naciones Unidas, la cantidad de tierra “cultivable” per cápita ha disminuido, como efecto de la presión demográfica, a la mitad desde hace cuatro décadas. Para 2050, ese coeficiente podría caer hasta un tercio.
Los imponderables del calentamiento global no hacen sino agravar el panorama de incertidumbre, en el que resulta cada vez más claro que no hay tierra suficiente (ni tampoco el agua de riego necesaria) para alimentar a 9.000 millones de personas, que es la proyección más realista para mediados del presente siglo.
Tal y como han recordado muchos de los expertos reunidos en la Cumbre de Copenhague los últimos días, las sequías y otros fenómenos meteorológicos extremos como huracanes o inundaciones, eventos asociados al efecto invernadero, están mermando drásticamente las cosechas alrededor del globo.
“Con millones de individuos en camino, el modelo tradicional de agricultura basado en el suelo que se desarrolló en los últimos 12.000 años, no es una opción sostenible”, ha escrito Dickson Despommier, un especialista en parasitología y salud medioambiental de la Universidad de Columbia, en Nueva York.
Conforme a las cuentas del académico, alimentar a la población actual exige dedicar al cultivo una superficie equivalente a Sudamérica. “La cantidad de tierra que destinamos a la explotación agrícola es enorme. Si seguimos cultivando de la misma forma, pronto tendremos que disponer de tanta nueva tierra como Brasil”, razona.
“Ello conduciría a la desaparición de numerosos ecosistemas. A un colapso que nos arrastraría a los humanos”.
Despommier lidera en Estados Unidos a una avanzadilla de científicos e ingenieros decididos a promover como solución una agricultura que ahorre suelo por la simple y revolucionaria vía de cultivar frutas y verduras en vertical, sobre estructuras de hasta 30 pisos de altura erigidas dentro de las ciudades (donde ya reside el 80% de la población del planeta).
La denominada “agricultura vertical”, que el influyente semanario Time ha elegido como una de las 50 invenciones más brillantes del 2009, proporcionaría -al menos a decir de sus entusiastas- un sinfín de ventajas.
Gracias a la utilización de técnicas que la jerga define como hidropónicas y aeropónicas, permite producir alimentos sin necesidad de sembrar en suelo agrícola. En el primero de los casos, sumergiendo las raíces en soluciones de minerales. Y en el segundo, conservando esas mismas raíces en “cápsulas” cerradas donde flotan los nutrientes.
El procedimiento maximiza la eficiencia de los cultivos, optimizando a un mismo tiempo los recursos de agua y superficie (en una hectárea de agricultura vertical se obtiene una cosecha que ocuparía cinco hectáreas de campo). Además, favorece una agricultura libre de herbicidas, pesticidas y fertilizantes, donde se reduce significativamente la quema de los supercontaminantes combustibles fósiles.
Y al estar radicadas en enclaves urbanos, las granjas verticales hacen las veces de “pulmones verdes”, que capturan el exceso de CO2 causado por el trajín de la vida metropolitana.
El lector lego que no precise de intrincadas explicaciones, debe imaginarse un emprendimiento de agricultura vertical como un gigante arquitectónico de varias decenas de pisos de alto, de diseño minimalista y funcionalidad exquisita, con una área de planta similar a un inmueble del tamaño de una cuadra. En ese “rascacielos” festoneado de verdes y vegetales, crecería un amplio surtido de verduras y frutas suficiente para dar sustento a 50.000 personas.
“Por primera vez en la historia de la humanidad, la agricultura ya no dependería del suelo. Sería factible instalar una explotación en medio del desierto o en Islandia”, asegura Despommier, quien anda tentando a posibles inversionistas para hacer reales sus proyectos.
Quizá todo esto suene a cosa fantasiosa. A novela de Julio Verne. Pero la envergadura de la vigente crisis medioambiental es tan formidable que ya no caben demasiadas dudas de que, además de la voluntad política que Copenhague no ha logrado favorecer, para sortearla hará falta mucha creatividad. Muchísima.
Sushi sin pescado
El gusto globalizado ha traído un punto de sofisticación a las preferencias gastronómicas de algunos. Los comensales de Nueva York, Buenos Aires, Estocolmo o Ciudad del Cabo, ya no se conforman con las socorridísimas pizzas, pastas o hamburguesas a la hora de elegir una opción dentro de lo que se ha llamado la “cocina internacional”. Desde hace unos años, cualquier menú con pretensiones de contentar a un cliente con un paladar más o menos cosmopolita, debe incluir, sí o también, el consabido sushi.
En Estados Unidos, su popularización ha favorecido la multiplicación de franquicias y restoranes familiares dedicados, temáticamente, a este plato de origen japonés. Ahora, las secciones de comida preparada de los supermercados ofrecen variedades de sushi norimaki o nigiri sushi, lo mismo que hasta hace poco ofrecían lasañas o sandwiches de pastrami.
Aunque como suele ocurrir con estas modas, la “sushimanía” ha provocado también una vulgarización de las recetas y una epidemia de expertos a los que es bastante sencillo dar, como dice el refrán en español peninsular, “gato por liebre”.
No se trata únicamente de que se haya difundido la falsa especie de que el sushi es un arte culinaria de pescados y mariscos (cuando en realidad lo que lo identifica a la receta es una técnica hecha sobre una base de arroz y adobes varios: vinagre de arroz, azúcares y sales; donde también tienen cabida los vegetales). Lo más sangrante es que hay locales, según una denuncia divulgada hace unas semanas en Estados Unidos, que echan mano de especies de pescado no aptas para el consumo y cuelan entre sus clientes “sushis fraudulentos”.
De acuerdo con una investigación a cargo de la Universidad de Columbia y el American Museum of Natural History, un estudio genético realizado en una treintena de restoranes de Nueva York mostró que en la mitad de ellos los sushis eran falsos, ya que habían sido elaborados con ingredientes distintos a los “supuestos” y que, en varias oportunidades, las comandas incluían “especies protegidas”.
Consideraciones de ortodoxia gourmet y de salud pública al margen, la afición masiva al sushi está poniendo en serio de riesgo extinción algunas variedades marinas. Muy particularmente, aquellas especies predilectas entre los sushívoros como el atún de aleta azul.
El Thunnus thynnus, su nombre técnico, es un pescado cuyo sabor y particular textura ha convertido en el emblema del sushi. En Japón llega a ser tan codiciado que, por un especímen adulto de alrededor de 350 kilos, se pagan hasta 100.000 doláres. Su pesca ha ido tan lejos, sobre todo en los últimos años, que los científicos empiezan a dudar que la diezmadísima población del atún pueda recuperarse. Una situación en la que se hallan, según la FAO, otra veintena de túnidos.
“Los caladeros de pesca están realmente mal”, comentaba recientemente en el semanario Christian Science Monitor Daniel Pauly, un experto de la Universidad de British Columbia. “Y esto debido, sencillamente, a la sobreexplotación”.
Concernido por el negro porvenir del atún azul, el reputado The New York Times dedicó un editorial al asunto hace unas semanas. “De tanto en tanto se acuerda reducir las capturas, pero nunca como recomiendan los científicos y nunca lo suficiente como para revertir la tendencia. La única cuota para el atún que azul que hará una diferencia es una cuota cero”, advertían desde el rotativo.
Aunque la agenda medioambiental ya tenga bastante con el clima y los gases invernadero, que los gobiernos mundiales se replanteen sus políticas pesqueras es ya más que perentorio. Como publicaba la revista Science en un informe reciente, las tasas de captura en siete de los diez ecosistemas marinos considerados claves en el planeta exceden holgadamente cualquier criterio de sostenibilidad. La receta, siempre según Science, es simple. Cerrar los caladeros hasta su regeneración, reducir la flota pesquera y “moderar” el volumen de las capturas.
Que los amantes del sushi no desesperen. Unas verduras hervidas con un aliño de wasabi componen un sushi tan delicado como el más suculento de los atunes.
Copenhague llega demasiado pronto
Las probabilidades de que la cumbre del clima de Copenhague de diciembre sirva para impulsar un tratado internacional que sustituya a Kioto parecen cada vez más remotas. Cualquier acuerdo vinculante sobre el régimen de reducción de emisiones de gases invernadero depende velis nolis del compromiso que Estados Unidos, la gran potencia contaminadora junto con China, esté dispuesta a asumir. Y según lo expresado por Obama en los últimos días, su administración considera prematuro fijarse unos objetivos concretos.
Al menos, hasta que Washington no dé luz verde a una legislación energética que sea luego compatible con la agenda y las cifras que los países se autoimpongan en la lucha contra el calentamiento global.
Obama no quiere meterse en el atolladero de negociar un documento que, como sucediera con el de Kioto, suscrito por Bill Clinton, no sea refrendado luego por los congresistas estadounidenses. Y aunque su postura eche por tierra las esperanzas de alcanzar en la capital noruega un protocolo que la comunidad científica insiste en calificar de “urgente”, al político de Chicago hay que reconocerle su prudencia.
Por más que la causa medioambiental provoque encendidas adhesiones dentro de la opinión pública norteamericana, mucho más que las catastróficas consecuencias en los ecosistemas o la meteorología, preocupa el “impacto económico” que acarreará un plan serio de reducción de las emisiones de CO2.
Convencer a la oposición de que los acuerdos anticalentamiento no traerán una factura demasiado costosa, representa el gran desafío de Obama si de verdad tiene, como ha manifestado reiteradamente, la voluntad de avanzar en tan espinosa materia.
El presidente necesita persuadir a los mandatarios republicanos de que las medidas paliativas frente al clima (cualquiera sea la cumbre en la que se termine sellando un protocolo, en Copenhague o en México el año próximo) no son un gasto forzoso sino más bien una inversión de futuro. La oportunidad para “revitalizar”, según la expresión del influyente senador demócrata John Kerry, la maltrecha economía nacional. Para impulsar una matriz tecnológica verde que logre, entre otras cosas, “preservar los empleos actuales y crear otros nuevos” o “salvaguardar la seguridad nacional”.
Obama tiene buena parte del camino allanado si plantea la discusión dentro del “esquema” que el propio Kerry, el candidato demócrata en las presidenciales de 2004, ha trazado –junto con la senadora republicana Lindsey Graham– en una campaña “suprapartidaria” para sacar adelante una ley pionera sobre el cambio climático (pendiente ahora de su trámite en el Senado). La que sería la pieza de derecho medioambiental, a decir de los analistas, “más ambiciosa redactada nunca en Estados Unidos”.
La estrategia de la dupla Kerry-Graham gira en torno a una serie de ideas bastante sensatas. La más fundamental es la “definitiva aceptación” de que calentamiento es “real” y una “amenaza para la economía y la seguridad”. “Ésa es la razón por la que abogamos por una agresiva reducción de los gases invernadero”, explicaban Kerry y Graham en un artículo de opinión publicado hace unas semanas en The New York Times.
Los representantes por Massachusetts y Carolina del Sur rompen una lanza en favor de la inversión en alternativas renovables como plantas eólicas o solares, e insisten, con significativo énfasis, en la apuesta por la energía nuclear, la “fuente energética libre de emisiones más importante”. “Las centrales nucleares han de ser un parte esencial en la generación de electricidad si pretendemos alcanzar nuestras metas”, dicen.
Para Kerry y Graham, otra de las grandes bazas a jugar es la “venta” de la legislación sobre el cambio climático como una ocasión propicia para “romper” la dependencia estadounidense del petróleo extranjero. Su “adicción” al crudo. “Enviar 800 millones de dólares al día a países productores que a veces nos son hostiles representa un riesgo para nuestra seguridad”, sostienen.
Aunque quizá uno de los argumentos esgrimidos por los senadores con más posibilidades de atraerse hasta a los más escépticos es la apelación al sentido de misión reservado a Estados Unidos. Una encomienda a la altura de la megalomanía yankee y de sus aún intactas veleidades de imperio. “Nos resistimos a aceptar que Estados Unidos no pueda liderar al mundo en la batalla contra el cambio climático”, aseguran Kerry y Graham.
La revolución de la leche cruda

Al igual que el vodka o el whisky durante la ley seca de los tiempos de Al Capone, la leche “cruda” de vaca es un artículo que hoy en día, en casi todo el territorio de Estados Unidos, solo se consigue en el mercado negro. Clandestinamente y con amenazas judiciales para quien se atreva a venderla.
La proscripción de la leche “no-pasteurizada” es tan solo una consecuencia más de la rigorista política alimentaria fomentada por la administración federal, quien amparándose en un principio de salud pública obliga a los fabricantes a someter a los productos –perecederos o no– a un sinfín de controles que, como la pasteurización, aseguran su calidad.
Contra un intervencionismo que sus críticos entienden “desnaturaliza” la mayoría de las cosas que ingerimos, se ha alzado en los últimos años en el país del fast-food una pléyade de grupos activistas que reivindican el derecho de cada cual a elegir libérrimamente lo que come. Una causa que promueve la denominada “soberanía alimenticia individual”.
Su principal bandera es, por su potente simbolismo, el libre consumo de leche recién ordeñada. De leche con cuajo y nata como la que se bebió históricamente hasta que el francés Louis Pasteur ideara, en la década de los 30, un proceso térmico ahora estandarizado que elimina los agentes patógenos contenidos en los líquidos.
Alentando la “revolución de la leche cruda”, un movimiento que sostiene que las “verdaderas buenas bacterias” que refuerzan nuestro sistema inmunológico se encuentran en los lácteos sin pasteurizar, está la desconfianza respecto de la auténtica salubridad de las prácticas en las que incurre la hercúlea industria de la comida procesada.
Está la sospecha de que, en vez de garantizarnos el acceso a alimentos seguros, las multinacionales del sector nos estarían vendiendo simples calorías con magro valor nutritivo. Calorías a granel que, además de propagar la gordura y la diabetes, no hacen sino minar nuestras defensas.
“¿No es curioso que a estas alturas de nuestra evolución cultural creamos que los pasteles de fábrica o la coca-cola son alimentos seguros, pero no la leche cruda o los tomates de huerta que hayan sido cultivados con abono animal?”, se pregunta Joel Salatin, un agricultor y ensayista autor de varios libros que preconizan una vuelta a los usos agro-ganaderos tradicionales.
“El experimento de la comida industrial es aberrante”, argumenta Salatin. “No es normal comer cosas que uno no es capaz de pronunciar o deletrear. No es normal comer cosas que uno no puede preparar en su propia cocina”.
La pelea de los revolucionarios de la “leche cruda” está contribuyendo a poner en tela de juicio la sensatez de un sistema alimentario cada vez más confiado a la tecnología y la manipulación.
Como relata el periodista David Gumpert en un libro que compone la crónica de este movimiento insurgente de linaje ecologista (The Raw Milk Revolution), la pasteurización a la que también se somete a los zumos o frutos secos “procesados” constituye una más entre las varias prácticas que empiezan a ser moneda común dentro de la cadena de fabricación masiva de alimentos.
Para ilustrar el asunto, el escritor explica que en Estados Unidos es cada vez más frecuente que la comida sea “irradiada” con pequeñas dosis de radiaciones para eliminar así posibles elementos infecciosos (lo que también termina matando los nutrientes).
Aunque lo verdaderamente inquietante es el panorama que se proyecta cuando se razona como lo hicieron las autoridades sanitarias yankees al aprobar, en 2008, la venta de carne clonada. Según Gumbert, al dar luz verde a los supermercados para que abastecieran sus congeladores con patas de cordero variante dolly, la Food and Drug Administration (FDA) advirtió que el consumo de “carne natural” era demasiado riesgoso por su posibilidad de incluir patógenos.
Natural. Riesgoso. Uno “creía” creer, aunque sea a fuerza de escuchar el mismo estribillo en todas las publicidades de productos de dieta sana, que eran términos antónimos.
Gente que muere
Los países africanos se han cansado de ver lo que el El País de Madrid llama “cuitas” entre la UE y la Administración de Obama. Su falta de compromiso en las negociaciaciones que tendrán su colofón en Copenhague.
“África sufre ya el cambio climático y la gente se muere a causa del modo de vida occidental mientras los países desarrollados ocultan cuál será su reducción de emisiones”, ha declarado el argelino Kamel Djamouai, portavoz del grupo africano.
Wendell Berry

Wendell Berry es un personaje atípico en el panorama de la literatura norteamericana. Durante las últimas cuatro décadas, al tiempo que se ganaba el crédito de la crítica por sus novelas y poemas, este octogenario poco amigo de las capillas literarias y los honores se ha dedicado a escribir intensamente sobre agricultura. Una actividad heredada de sus padres y que el autor retomó cuando, tras una estancia en Europa y unos años como docente en la Universidad de Nueva York, decidió regresar a su Kentucky natal para adquirir una granja de 125 acres.
En sus “ensayos agrícolas”, recogidos en una antología recién publicada en Estados Unidos bajo el título de Bringing It to the Table, Berry ha cuestionado a fondo la aplicación al laboreo de la tierra de los denominados métodos industriales. Con una elocuencia que reparte sus afectos entre la razón y el corazón, el autor-hortelano ha sostenido que la cultura del monocultivo y la hiperdependencia de combustibles fósiles como el petróleo, los dos ingredientes básicos en la receta mágica para la producción masiva de alimentos, constituyen una hipoteca demasiado onerosa para el futuro del planeta.
Esto lo lleva diciendo el bueno de Berry desde hace 40 años. Ahora, al escritor nacido en 1934 en Henry County, le secundan una mayoría de expertos que, con una prosa mucho menos límpida y en un intento por allanar el camino hacia la Cumbre del Clima de Copenhague, denuncian la inviabilidad de la agricultura intensiva y “extratecnologizada”. El callejón sin salida al que nos conduce una industria de “calorías baratas” que ya está provocando el agotamiento literal de los suelos y que es responsable, sin ir más lejos, de una cuarta parte de los gases invernadero enviados a la atmósfera.
“Hemos estado ganando, muy a nuestra cuenta, una especie de competición contra la tierra y sus habitantes”, escribió Berry en un luminoso artículo titulado La Naturaleza como medida, publicado en 1989. “De momento, lo que podemos exhibir es un superávit de comida. Pero ese excedente lo obtenemos a costa de arruinar nuestros recursos”.
“La agricultura actual no es ecológicamente sostenible y está muy lejos de serlo. Es demasiado tóxica. Es demasiado dependiente de la energía. Derrocha demasiada agua y arruina la fertilidad de los suelos. Destruye la salud de los sistemas naturales que soportan nuestra vida económica. Y destruye la diversidad”, enumeraba Berry en Estupidez concentrada, otro de sus textos de referencia.
Reediciones de su obra al margen, el mensaje de este humanista escéptico de la ciencia y los ordenadores está más vivo que nunca. Berry puede no ser el literato más leído entre sus compatriotas, pero sus ideas tienen un ascendente que para sí quisieran muchos best-sellers.
Como señala el periodista Michael Pollan en el prólogo a la recopilación de sus ensayos, reflexiones como las del veterano granjero están propiciando en el país de McDonal’s y Wal-Mart “un debate sobre la comida inimaginable una década atrás”. Una conversación que busca tantear alternativas con que mitigar el alto precio que para la salud y el medio ambiente trae el goloso negocio de los alimentos procesados (el cual es capaz de poner en las estanterías de los supermercados yankees un surtido de 47.000 artículos distintos).
El pensamiento de Berry ha inspirado, de hecho, un pujante movimiento que clama por la “readopción” de los usos tradicionales de labranza y que aspira a que, la hoy omnipresente comida chatarra, sea sustituida por el consumo de alimentos con la etiqueta de orgánicos. Por alimentos producidos en un entorno lo más local posible, donde los costes extras derivados del transporte y la manipulación mínimos.
A quien esto firma le consta que semejante filosofía alimentaria, bautizada como “localivorísmo”, suena en algunos oídos a propuesta peregrina. O al menos, a empresa muy poco practicable. “Berry ha sido tachado muchas veces de nostálgico y sentimental”, reconoce Bill McKibben, auténtico entusiasta del escritor de Kentucky y una de voces más influyentes del ecologismo estadounidense.
Pero lo cierto es que con sus intempestivas ideas, Berry no hace sino aludir a la necesidad de romper los esquemas actuales. No es un asunto que atañe únicamente a los medioambientalistas. La agenda global en materia energética, seguridad alimentaria o crecimiento económico exige algo más ambicioso que contrarrestar los excesos del capitalismo de consumo. Una vez más hablamos de lo siempre. De sostenibilidad.
Los Apalaches vuelan en pedazos

La actividad minera en los montes Apalaches, en la costa Este de EEUU, está “dinamitando” miles de kilómetros cuadrados de un entorno natural que ya nunca volverá a ser el mismo. El impacto social y cultural es tan formidable como el ecológico.
Yale Environment 360 y la productora MediaStorm lo denuncian en un documento estremecedor.
Frugalidad energética

La policía de la ciudad de Verona, en el sureño territorio de Missippi, reportó el año pasado la muerte de un hombre al que uno de sus vecinos disparó, con la paciencia más que colmada, porque la víctima insistía en poner a secar la ropa en el exterior de su vivienda. De su propia vivienda, valga la aclaración.
Pese a lo insólito del caso, el suceso quizá sirva para tomarle la temperatura al acaloradísimo debate que, en algunas ciudades de Estados Unidos, protagonizan desde hace un tiempo partidarios y opositores de lo que se ha venido a denominar “el derecho a tender la colada al aire libre”.
Se trata de una disputa que enfrenta a quienes reivindican tan tradicional práctica, caída en desuso con la popularización de las secadoras eléctricas, como un gesto de compromiso ecológico, y a una mayoría de puristas del entorno, que la denuncian como algo que “contamina visualmente”. Como una costumbre invasiva propia de barrios de “clase baja” y que, siempre de acuerdo con sus críticos, merma el valor inmobiliario de las viviendas aledañas.
De la entidad de un asunto con amplia cobertura en la prensa nacional habla la circunstancia de que, al menos una decena de estados, entre ellos Hawaii o Maine, hayan promovido legislaciones ‘ad hoc’. Controvertidas leyes que, con un fundamento de eficiencia energética, anulan aquellos reglamentos de comunidades de copropietarios y ordenanzas municipales que impiden colgar la ropa “a la vista de todos”.
“Alguna gente piensa que ésta es una pelea estúpida”, ha dicho el senador Dick McCormack, quien impulsó una ley pro-tenderetes sancionada por el estado de Vermont. “Lo que resulta ridículo es preocuparse por tener que ver los calzoncillos de tu vecino”.
“No estamos magnificando nada”, ha agregado el político demócrata. “Lo que estamos haciendo es conceder al problema del calentamiento global la relevancia que se merece”.
Por más mundana que parezca, la polémica a cuenta de la ropa tendida tiene su miga. Según Project Laundry List, una organización sin ánimo de lucro responsable de una campaña informativa para alertar sobre el dispendio en que se incurre con el uso de las secadoras, hasta un 15% del gasto eléctrico en los hogares norteamericanos debe imputarse a este socorrido electrodoméstico.
En realidad, ninguna medida paliativa relacionada con la energía es demasiado insignificante cuando su adopción implica a Estados Unidos.
A pesar de que sus habitantes solo suman el 5% de la población mundial, el voraz gigante norteamericano insume una cuarta parte de los recursos energéticos del planeta. O formulada la cosa con otros números: en sus afanes diarios, un yankee necesita tanta energía como 2 japoneses, 13 chinos o 370 etíopes.
La cumbre mundial sobre el cambio climático de Copenhague, el próximo diciembre, aclarará hasta qué punto representa una prioridad para la presidencia de Obama reducir el gasto per cápita a límites más razonables. Más sostenibles.
Lo alentador es que, acciones de insurgencia ciudadana al margen, el panorama energético empieza a cambiar en la primera economía del mundo. En concreto, porque industrias y empresas han terminado por entender que, con semejante derroche, lo único que hacen es meter palos en la rueda del crecimiento.
Ahí se inscribe una pionera iniciativa puesta en marcha por algunas eléctricas como National Grid. La firma, que provee de suministro a 2 millones de familias en la región de Boston y Nueva Inglaterra, ha comenzado a mandar informes a sus clientes en los que evalúa, con notas, su capacidad de ahorro.
Por la siempre efectiva vía de promover la competencia, la empresa compara el consumo de cada domicilio con el de sus vecinos, identificando a los más frugales en un ranking de 1 a 100.
La idea, que ha sido replicada en al menos ocho estados, es que cunda el ejemplo. Para lograrlo, National Grid incluye en sus facturas consejos de eficacia (tan simples y asequibles como apagar del todo ordenadores, televisiones y demás equipos eléctricos cuando no se utilizan).
Una experiencia similar a la de Boston se ha ensayado con éxito en Sacramento (California). Allí, con la misma fórmula de rankear a los consumidores más virtuosos en el ahorro, se la conseguido reducir, en unos pocos meses, un 2,5% del gasto.
Al final, va a ser cierto que a todos nos gusta competir. Aunque ello vaya contra nuestro natural derrochador y la manía de estar perpetuamente enchufados.




