Copenhague llega demasiado pronto
Las probabilidades de que la cumbre del clima de Copenhague de diciembre sirva para impulsar un tratado internacional que sustituya a Kioto parecen cada vez más remotas. Cualquier acuerdo vinculante sobre el régimen de reducción de emisiones de gases invernadero depende velis nolis del compromiso que Estados Unidos, la gran potencia contaminadora junto con China, esté dispuesta a asumir. Y según lo expresado por Obama en los últimos días, su administración considera prematuro fijarse unos objetivos concretos.
Al menos, hasta que Washington no dé luz verde a una legislación energética que sea luego compatible con la agenda y las cifras que los países se autoimpongan en la lucha contra el calentamiento global.
Obama no quiere meterse en el atolladero de negociar un documento que, como sucediera con el de Kioto, suscrito por Bill Clinton, no sea refrendado luego por los congresistas estadounidenses. Y aunque su postura eche por tierra las esperanzas de alcanzar en la capital noruega un protocolo que la comunidad científica insiste en calificar de “urgente”, al político de Chicago hay que reconocerle su prudencia.
Por más que la causa medioambiental provoque encendidas adhesiones dentro de la opinión pública norteamericana, mucho más que las catastróficas consecuencias en los ecosistemas o la meteorología, preocupa el “impacto económico” que acarreará un plan serio de reducción de las emisiones de CO2.
Convencer a la oposición de que los acuerdos anticalentamiento no traerán una factura demasiado costosa, representa el gran desafío de Obama si de verdad tiene, como ha manifestado reiteradamente, la voluntad de avanzar en tan espinosa materia.
El presidente necesita persuadir a los mandatarios republicanos de que las medidas paliativas frente al clima (cualquiera sea la cumbre en la que se termine sellando un protocolo, en Copenhague o en México el año próximo) no son un gasto forzoso sino más bien una inversión de futuro. La oportunidad para “revitalizar”, según la expresión del influyente senador demócrata John Kerry, la maltrecha economía nacional. Para impulsar una matriz tecnológica verde que logre, entre otras cosas, “preservar los empleos actuales y crear otros nuevos” o “salvaguardar la seguridad nacional”.
Obama tiene buena parte del camino allanado si plantea la discusión dentro del “esquema” que el propio Kerry, el candidato demócrata en las presidenciales de 2004, ha trazado –junto con la senadora republicana Lindsey Graham– en una campaña “suprapartidaria” para sacar adelante una ley pionera sobre el cambio climático (pendiente ahora de su trámite en el Senado). La que sería la pieza de derecho medioambiental, a decir de los analistas, “más ambiciosa redactada nunca en Estados Unidos”.
La estrategia de la dupla Kerry-Graham gira en torno a una serie de ideas bastante sensatas. La más fundamental es la “definitiva aceptación” de que calentamiento es “real” y una “amenaza para la economía y la seguridad”. “Ésa es la razón por la que abogamos por una agresiva reducción de los gases invernadero”, explicaban Kerry y Graham en un artículo de opinión publicado hace unas semanas en The New York Times.
Los representantes por Massachusetts y Carolina del Sur rompen una lanza en favor de la inversión en alternativas renovables como plantas eólicas o solares, e insisten, con significativo énfasis, en la apuesta por la energía nuclear, la “fuente energética libre de emisiones más importante”. “Las centrales nucleares han de ser un parte esencial en la generación de electricidad si pretendemos alcanzar nuestras metas”, dicen.
Para Kerry y Graham, otra de las grandes bazas a jugar es la “venta” de la legislación sobre el cambio climático como una ocasión propicia para “romper” la dependencia estadounidense del petróleo extranjero. Su “adicción” al crudo. “Enviar 800 millones de dólares al día a países productores que a veces nos son hostiles representa un riesgo para nuestra seguridad”, sostienen.
Aunque quizá uno de los argumentos esgrimidos por los senadores con más posibilidades de atraerse hasta a los más escépticos es la apelación al sentido de misión reservado a Estados Unidos. Una encomienda a la altura de la megalomanía yankee y de sus aún intactas veleidades de imperio. “Nos resistimos a aceptar que Estados Unidos no pueda liderar al mundo en la batalla contra el cambio climático”, aseguran Kerry y Graham.
